Ali a través de la magia

Historias Ilustradas

El Oasis de Zafiro

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El Oasis de Zafiro se marchitaba bajo un sol implacable. Amina, la hija del guardián, observaba con tristeza cómo el agua cristalina que una vez dio vida a su hogar se convertía en arena grisácea. Las leyendas decían que solo la Gema del Alba, oculta en la remota Ciudad de los Susurros, podía salvar el oasis si se recuperaba antes de que terminara la Luna Sangrienta. Sin dudarlo, decidió que ella sería quien traería la esperanza de vuelta.

Página del libro de cuento con una imagen
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Con un mapa de cuero desgastado y una mochila ligera, Amina comenzó su viaje al caer la tarde. El cielo ya no era azul, sino que empezaba a teñirse de un rojo profundo y misterioso. La Luna Sangrienta asomaba en el horizonte, proyectando sombras alargadas sobre las dunas que parecían cobrar vida propia. El tiempo corría en su contra, pero su corazón latía con la fuerza de su gente.

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En medio de la inmensidad del desierto, Amina no tardó en encontrarse con un viajero solitario. Kael, un nómada que conocía los secretos de las estrellas, estaba sentado junto a un pequeño fuego. Él conocía el camino hacia la Ciudad de los Susurros y, tras escuchar la misión de Amina, decidió unir su fuerza a la de ella. "Dos voluntades son más difíciles de romper que una sola", dijo él con una sonrisa.

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Kael lideró el camino a través de un valle de rocas afiladas. El nómada se detuvo en la cima de un risco, señalando hacia una depresión en el desierto donde se alzaban torres imposibles de piedra blanca. Era la Ciudad de los Susurros. El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo murmullos de voces antiguas que advertían sobre los peligros que acechaban en las sombras de la ciudad abandonada.

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Al entrar en la ciudad, Amina y Kael se encontraron rodeados por un laberinto de espejismos. Las paredes parecían moverse y las calles cambiaban de dirección. Para no separarse en aquel engaño visual, se tomaron de las manos, confiando más en su instinto que en sus ojos. Cada paso que daban los acercaba más al centro de la ciudad, donde la magia era más densa y palpable.

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En la plaza central, el aire se volvió gélido. Malik, un hechicero que buscaba el poder de la gema para sí mismo, apareció entre las sombras. Su túnica oscura parecía hecha de humo y su bastón vibraba con una energía maligna. Él no permitiría que nadie tocara la Gema del Alba, pues deseaba que la Luna Sangrienta durara para siempre, otorgándole la inmortalidad.

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La batalla comenzó cuando Malik lanzó ráfagas de arena oscura para detener a los intrusos. Amina, aprovechando su agilidad, corrió entre las columnas rotas, esquivando los hechizos del malvado mago. Su objetivo era el pedestal de luz que se encontraba detrás de Malik, donde la Gema del Alba palpitaba con un brillo dorado que luchaba contra la oscuridad circundante.

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Kael, valiente, se interpuso en el camino del hechicero para darle tiempo a Amina. Usando una antigua reliquia que llevaba consigo, creó un escudo de viento que bloqueó los ataques de Malik. El hechicero rugió de frustración, concentrando todo su poder oscuro en romper las defensas del nómada, ignorando por un momento a la joven que se acercaba al altar.

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¡Amina lo logró! Sus dedos se cerraron sobre la Gema del Alba justo cuando la Luna Sangrienta alcanzaba su cenit. Al contacto con sus manos, la gema liberó una explosión de luz solar que inundó la sala, deshaciendo las sombras de Malik y purificando el aire. El hechicero se desvaneció en el aire como el humo ante una brisa fresca, derrotado por la luz de la esperanza.

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De regreso en el Oasis de Zafiro, Amina colocó la gema en el corazón de la fuente seca. Al instante, un torrente de agua cristalina brotó con más fuerza que nunca. Kael y Amina observaron cómo la vida regresaba: la hierba crecía y las palmeras recuperaban su color esmeralda. El oasis estaba a salvo, y aunque el desierto seguía siendo vasto, ahora tenían una amistad que era el tesoro más grande de todos.

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