Ali a través de la magia

Historias Ilustradas

Ámina y la Cascada

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Ámina caminaba desde hacía horas cuando escuchó un murmullo lejano. No era fuerte ni urgente; sonaba como una respiración constante entre las hojas y los pájaros. El sendero se hacía cada vez más estrecho, y las raíces antiguas de los árboles le recordaban que ese lugar existía desde mucho antes que ella.

Página del libro de cuento con una imagen
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El aire era fresco y claro, cargado de un aroma a tierra mojada. Ámina respiró despacio, sintiendo que su cuerpo reconocía el camino, como si sus pies supieran exactamente dónde pisar. Entonces el bosque se abrió de golpe y, frente a ella, una cascada caía con firmeza, levantando una niebla suave que flotaba bajo la luz del sol.

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Ámina se detuvo. No porque el camino acabara, sino porque supo en su interior que ese era el lugar. Se sentó sobre una piedra grande y tibia junto a la orilla. Observó el agua caer sin descanso; cada gota seguía su propio curso y todo fluía en una armonía perfecta, sin ninguna prisa.

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El sonido del agua llenaba todo el espacio, borrando cualquier otro ruido hasta que solo quedó el silencio de la naturaleza. Todo estaba en calma. Fue entonces cuando lo sintió. No apareció nada de forma repentina, sino que las presencias que ya estaban allí comenzaron a hacerse visibles para sus ojos.

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Entre los árboles surgieron formas claras y suaves, sin contornos definidos. Eran seres de luz, como Mistra, que se desplazaban con lentitud sin tocar nada. Ámina no se movió; su cuerpo permanecía quieto sobre la piedra, pero su atención estaba totalmente despierta, observando la danza de luz.

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Los seres se movían entre las hojas y el agua sin alterarlas, como si fueran parte del mismo aire. No hablaban porque no lo necesitaban; su presencia era el mensaje. En el pecho de Ámina apareció una sensación conocida: no era sorpresa ni miedo, sino una calidez profunda y una cercanía absoluta.

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Mistra se detuvo justo frente a la cascada, bañada por el resplandor del agua. Ámina sintió que la observaban con un cuidado y un respeto infinitos. La niña cerró los ojos un instante, dejando que el rugido blanco de la caída de agua la envolviera. No buscaba respuestas, solo quería estar allí.

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Al abrir los ojos, los seres de luz estaban un poco más cerca. No invadían su espacio, simplemente la acompañaban en su quietud. La luz y el agua compartían el mismo espacio sin mezclarse, y el tiempo parecía haberse detenido. La mente de Ámina descansaba, libre de pensamientos.

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Sintiendo una invitación silenciosa, Ámina se acercó aún más a la corriente. Metió las manos en el río y sintió el agua fría correr entre sus dedos sin quedarse atrapada. En ese momento comprendió que soltar no era perder, sino dejar pasar las cosas para que la vida siguiera su curso natural.

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Poco a poco, los seres se integraron de nuevo en el bosque y el vapor de la cascada. Ámina permaneció de pie, sola pero acompañada por una nueva paz. Algo se había acomodado dentro de ella sin esfuerzo. La cascada siguió cayendo, y aunque todo parecía igual, para Ámina todo era distinto.

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