No llegaste aquí por casualidad, aunque no haga falta creer en eso. Llegaste porque algo en ti pidió parar un momento. Porque en algún rincón de tu interior, silencioso y paciente, hay una voz que lleva tiempo esperando ser escuchada.
Las puertas que más nos cambian no las buscamos. Aparecen al doblar una esquina que ya habíamos doblado mil veces, o al leer una frase que hoy, por alguna razón extraña, duele de manera diferente. No tienen cartel. No anuncian su presencia.
El umbral invisible
Ámina me contó una vez sobre un viajero que pasó años buscando la puerta del despertar. Cruzó desiertos, escaló montañas, consultó sabios en tres continentes. Y un día, cansado, se sentó bajo un árbol que crecía en el patio de su propia casa. Y allí, con los ojos cerrados y el corazón por fin quieto, sintió que algo se abría.
La puerta no estaba en ningún lugar del mapa. Estaba justo ahí, donde siempre estuvo, esperando a que él dejara de correr.
“No necesitas ir lejos para encontrar lo que buscas. Lo que buscas también te está buscando a ti.”
Lo que hay al otro lado
Al otro lado de esa puerta no hay respuestas inmediatas. Hay algo más valioso: una pausa. Un espacio en el que dejas de ser lo que crees que eres y empiezas, tímidamente, a preguntarte quién podrías ser.
No te pido que creas en nada. Solo que te permitas estar aquí, en estas palabras, un momento más. Que dejes que algo pequeño y sutil se mueva en ti.
Quizás eso sea suficiente. Quizás eso sea todo. Y si un día miras atrás y recuerdas este instante, espero que veas que fue aquí donde algo comenzó.
